El defensa central de hace cuarenta años pesaba más que el de hoy. Suena absurdo, porque la imagen mental que tenemos es la contraria, la del jugador actual como un armario con piernas. Pero los números dicen otra cosa. Varios estudios sobre la Premier League han rastreado a los futbolistas ingleses de élite por décadas desde los años setenta y encontraron un patrón que rompe el tópico. El peso medio subió durante tres décadas, alcanzó techo hacia 2003 y luego empezó a bajar. El IMC siguió la misma curva. La altura, en cambio, no dejó de crecer nunca, ese metro y pico más cada diez años que convierte al jugador moderno en un tipo más alto y, a la vez, más fino.
Esa es la tesis y conviene fijarla antes de que se diluya. La ciencia del deporte no ha fabricado atletas más grandes. Ha fabricado atletas más esbeltos, más angulares, más rápidos y, paradoja incómoda, igual de frágiles. El cuerpo del siglo XXI está optimizado para esprintar muchas veces seguidas, no para resistir un choque. Lo han estirado y le han quitado lastre.
El indicador que lo captura se llama RPI, el índice ponderal recíproco, una forma técnica de medir lo delgado que es alguien para su estatura. Su evolución tiene forma de J. Cayó, se estancó y volvió a subir en los últimos años, lo que en cristiano significa cuerpos cada vez más lineales. El defensa actual sigue siendo el más alto del campo, pero arrastra menos masa muscular relativa que su equivalente de los ochenta. Lo construyeron para otra cosa.
Y esa otra cosa aparece en los datos de partido. Aquí está la trampa que mucha gente no ve. Los futbolistas de hoy no corren más en total. Barnes y compañía analizaron la Premier League entre 2006 y 2013 y la distancia total apenas se movió, un mísero 2 por ciento. La sensación de que el fútbol va más rápido no viene de cuántos metros se recorren, sino de cómo se recorren. En ese mismo periodo la distancia a alta velocidad, por encima de 19,8 kilómetros por hora, creció un 30 por ciento, y los esprints puros, por encima de 25, un 35. El jugador moderno cubre el mismo terreno pero lo hace a tirones, en explosiones, como un coche que ya no circula por autovía sino por un circuito de curvas.
La tendencia no se ha frenado, al revés. Los análisis recientes de LaLiga, con miles de observaciones entre 2019 y 2023, detectan un incremento significativo de la distancia total y, sobre todo, de la de alta intensidad temporada tras temporada, en Primera y en Segunda. El salto más grande, entre 2021 y 2023. Cada año que pasa, el futbolista esprinta más veces que el año anterior. No es una curva que se aplane, es una que sigue subiendo.
Cuadra con lo que se ve en las categorías de formación. Gonaus y sus colegas compararon a juveniles de élite austríacos de dos cohortes, los de 2002 a 2005 contra los de 2009 a 2015, y los chicos modernos eran más rápidos en los veinte metros, más ágiles, saltaban más. La diferencia ya viene de fábrica, antes de llegar al fútbol profesional. Los gimnasios, los juegos reducidos, el trabajo específico de cambio de dirección y de aceleración han producido una generación que llega arriba ya con el chip de la explosividad instalado. El cuerpo delgado y la potencia anaeróbica van de la mano, porque menos kilos que mover significa más capacidad de repetir esfuerzos a tope.
Ahora bien, el laboratorio también ha tocado el reloj. Si uno mira la edad, el relato cambia de tono. Dendir, en 2016, cruzó unas veinte mil observaciones de las grandes ligas europeas entre 2010 y 2015 con las notas de rendimiento y situó el pico entre los 25 y los 27 años. Los delanteros tocan techo antes, hacia los 25. Los defensas aguantan su mejor nivel hasta los 27, y los porteros y centrales todavía más allá. Hasta aquí, nada que no sospechara cualquier aficionado.
Lo interesante es que la plantilla se ha hecho mayor. Kalén y su equipo revisaron más de 16.000 jugadores de la Champions League entre 1993 y 2018 y la edad media subió de 24,9 a 26,5 años. Un año y medio más viejos en un cuarto de siglo. La nutrición, la recuperación y la ciencia aplicada han comprado tiempo, han estirado la meseta de rendimiento hacia los treinta. El mismo trabajo dibuja una U invertida entre edad y valor de mercado, con el pico de cotización entre los 26 y los 30. El mercado paga por jugadores que antes ya estaban de retirada. La carrera de élite suele terminar entre los 31 y los 35, con defensas y porteros alargando más, y ese techo no se ha movido. Se vive el prime más tarde, pero el final llega cuando siempre llegó.
Y aquí está el contrapunto, la grieta de todo este edificio de optimización. Más esprints, más partidos, más intensidad, y el cuerpo no se ha vuelto más resistente al castigo. Un equipo top juega hoy 50 o 60 partidos al año, a veces tres por semana. La literatura reciente recuerda que con esa frecuencia la fatiga se acumula sin descanso y estima alrededor de dos lesiones por jugador y temporada, lo que para una plantilla de 25 supone unas 50 lesiones anuales, de las cuales cerca del 28 por ciento vienen del sobreuso. Un tercio de los días perdidos en las ligas europeas son lesiones musculares por fatiga. El músculo que tira y se rompe.
Lo honesto es admitir que la ciencia no tiene la solución empaquetada. Esos mismos trabajos concluyen que la relación entre la carga acumulada, el famoso ratio agudo-crónico medido con GPS, y el riesgo real de lesión sigue siendo inconclusa. No hay un umbral seguro que prevenga la rotura. Hemos rediseñado al futbolista para que corra más rápido y más veces, le hemos quitado kilos para que aguante la intensidad, le hemos comprado años de carrera, y al mismo tiempo lo hemos metido en un calendario que lo machaca y no sabemos del todo cómo protegerlo. El laboratorio sabe construir al atleta. Le falta el manual para evitar que se descomponga.
Quizá el siguiente avance no esté en hacerlo más veloz, sino en enseñarle a frenar.




