Las elecciones del Real Madrid han terminado con la reelección de Florentino Pérez y el mensaje que se repite es conocido: ha vuelto a triunfar la democracia de los socios. La frase suena bien. El problema es que casi nadie se detiene a preguntarse qué significa realmente. Porque una cosa es elegir a quien gobierna y otra muy distinta gobernar. Y quizá llevamos demasiado tiempo confundiendo ambas.
El Real Madrid y el FC Barcelona suelen presentarse como una excepción virtuosa dentro del fútbol moderno. Mientras la mayoría de los grandes clubes europeos pertenecen a accionistas, fondos de inversión o magnates extranjeros, ellos pertenecen a sus socios. La idea tiene una enorme fuerza emocional. Sugiere independencia, participación y control colectivo. Sugiere que el club sigue estando en manos de su gente.
Pero cuando uno observa cómo funcionan realmente estas instituciones, la pregunta aparece sola: ¿qué significa exactamente que un club pertenezca a sus socios?
Sobre el papel, la respuesta es sencilla. Los socios eligen al presidente y aprueban determinadas cuestiones en asamblea. En la práctica, sin embargo, la capacidad de influencia del socio termina casi donde empieza. Una vez cerradas las urnas, el poder se concentra en la dirección del club durante años, con escasos mecanismos efectivos de supervisión por parte de quienes supuestamente son sus propietarios.
Ahí reside la gran paradoja del modelo.
Los socios son fundamentales para otorgar legitimidad al poder, pero tienen muy poca capacidad para condicionarlo después.
Un presidente elegido democráticamente puede tomar decisiones estratégicas multimillonarias, firmar acuerdos de enorme relevancia para el futuro del club, negociar contratos cuyos detalles permanecen protegidos por cláusulas de confidencialidad o presentar operaciones financieras cuya complejidad hace prácticamente imposible que el socio medio pueda evaluarlas con criterio propio. Todo ello amparado por una legitimidad de origen que nadie discute: fue elegido por los socios.
Pero haber elegido a un gobernante no significa necesariamente controlarlo.
De hecho, el modelo genera una situación curiosa. El socio posee formalmente el club, pero carece de muchas de las herramientas que normalmente asociamos a la propiedad. No puede acceder a toda la información relevante. No participa en la gestión. No interviene en las grandes decisiones estratégicas. No puede disponer económicamente de su participación. No tiene capacidad para exigir responsabilidades de manera efectiva más allá de los ciclos electorales.
Es propietario en teoría. Es espectador en la práctica.
La cuestión se vuelve todavía más delicada durante las campañas electorales. Porque el debate rara vez gira alrededor de la transparencia, los mecanismos de control o la calidad de la gobernanza. Gira alrededor de fichajes, proyectos ilusionantes, promesas deportivas y relatos emocionales.
No es casualidad.
La emoción siempre ha sido más poderosa que la fiscalización.
Durante años hemos visto candidatos anunciar operaciones que nunca llegaron a producirse, promesas que se diluyen con el paso del tiempo o mensajes diseñados para movilizar sentimientos más que para explicar decisiones. No es un fenómeno exclusivo del Real Madrid. Tampoco del Barcelona. Forma parte de la lógica de un sistema donde la competición electoral se libra principalmente en el terreno de la ilusión.
Y cuando la ilusión ocupa todo el espacio, la rendición de cuentas suele quedarse sin sitio.
Lo más llamativo es que esta situación apenas genera debate. El socio medio acepta con naturalidad un nivel de opacidad que probablemente no toleraría en otros ámbitos de su vida. Exige transparencia a gobiernos, empresas e instituciones, pero rara vez la reclama con la misma intensidad a los dirigentes de su club. Quizá porque el fútbol se vive desde la pasión. Quizá porque ganar partidos hace más llevaderas muchas preguntas incómodas.
Sin embargo, cuanto más grandes se vuelven estos clubes, más difícil resulta ignorarlas.
El Real Madrid y el Barcelona ya no son simples entidades deportivas. Son organizaciones globales que gestionan miles de millones de euros, negocian acuerdos internacionales, construyen infraestructuras gigantescas y desarrollan estrategias empresariales de enorme complejidad. Y cuanto mayor es el poder que manejan sus dirigentes, más razonable parece preguntarse si los mecanismos de control existentes siguen siendo suficientes.
Por eso la cuestión de fondo no es si Florentino Pérez o Joan Laporta son buenos o malos presidentes. Tampoco si sus victorias electorales son legítimas. Lo son.
La cuestión es otra.
Cuando afirmamos que estos clubes pertenecen a sus socios, ¿estamos describiendo una realidad de poder o una realidad simbólica?
Porque cada vez parece más evidente que el socio cumple una función esencial dentro del sistema: proporcionar legitimidad democrática a quienes gobiernan.
Lo que resulta mucho menos evidente es que participe realmente en ese gobierno.
Y quizá haya llegado el momento de reconocer que ambas cosas no son lo mismo.




