Zúrich lleva más de un siglo funcionando como una asociación sin ánimo de lucro bajo el Código Civil suizo. Una federación de federaciones, 211 asociaciones nacionales, sin accionistas, sin obligación de repartir dividendos, con el mandato estatutario de reinvertir lo que gana en desarrollar el juego. Ese es el marco jurídico. Y ese marco, sin tocar una coma, es exactamente lo que Gianni Infantino quiere aprovechar para meter capital privado en el negocio más rentable del planeta futbolístico.
El truco es fino. La FIFA no se vende a sí misma. No renuncia a su condición asociativa ni pierde el control regulatorio. Lo que hace es crear una filial mercantil independiente, bautizada FIFA Forward Enterprise, a la que le transfiere en exclusiva todos sus activos de explotación comercial. Derechos de televisión, patrocinios globales, boletería, hospitality, licencias digitales, la logística de la Copa Mundial masculina, la femenina y el Mundial de Clubes. Todo el músculo comercial pasa a una empresa por acciones. Y de esa empresa se pone a la venta hasta un 20% del capital, una participación minoritaria sin control, reservada a inversores institucionales.
La tesis se sostiene sola en cuanto miras la arquitectura. Infantino ha encontrado la manera de vender el negocio sin vender la institución, de cobrar por anticipado un flujo de caja futuro sin ceder ni un voto de gobernanza, y de repartir un cheque a las 211 federaciones para que le aplaudan en el Congreso. Ingeniería financiera con forma de reforma deportiva.
Las cifras que circulan sobre la valoración de la filial se mueven en la órbita de las decenas de miles de millones de dólares. Sobre esa base, colocar una participación minoritaria le reportaría a la FIFA una inyección instantánea de miles de millones en efectivo, libre de deuda. Dinero contante en lugar de esperar el goteo de los ciclos cuatrienales. El consorcio inversor lleva firmas de peso, con Thrive Eternal de Joshua Kushner al frente, J.P. Morgan como asesor financiero y ejecutivos del sector mediático como Greg Maffei, ex jefe de Liberty Media, aportando el olfato comercial. Nombres que huelen a Wall Street más que a mundo del balón.
Para entender por qué la FIFA necesita esto conviene mirar los números que ella misma publica. El ciclo de Rusia, con un Mundial de 32 equipos, movió miles de millones. El de Catar subió el listón. Y el presupuesto de la FIFA para el ciclo actual dio un salto de dos dígitos porcentuales, empujado por la ampliación del torneo de selecciones de 32 a 48 equipos y por el nuevo Mundial de Clubes de 32, cuya primera edición aportó una cifra considerable ella sola. La máquina ya iba a toda velocidad. La privatización parcial no es para salvar nada, es para monetizar más rápido lo que ya funciona.
El reparto de esos ingresos, según las propias cuentas de la FIFA, está muy concentrado. Los derechos de retransmisión son la partida más gruesa, seguidos por entradas y hospitality y por marketing y patrocinio. Licencias y esports quedan más atrás. El resto, migajas. Es un negocio de televisión y de entradas, y ahí es donde el private equity huele margen que exprimir con precios dinámicos y plataformas OTT.
La contrapartida institucional es la fidelización política. Infantino no llega al Congreso con las manos vacías. Del dinero captado, cada una de las 211 federaciones recibiría un pago para infraestructura, y las subvenciones corrientes del programa subirían de forma escalonada en los ciclos posteriores a la operación. Un blindaje de votos comprado con dinero que aún no ha entrado. África, Asia, Concacaf y Oceanía suman la mayoría de los votos y dependen de ese reparto. La aritmética del Congreso ya está resuelta antes de la asamblea.
Este no es el primer intento. Años atrás la FIFA negoció en secreto una propuesta multimillonaria de un consorcio ligado a SoftBank y otros capitales del Golfo y de Estados Unidos. Aquel plan daba a los inversores casi la mitad de un Mundial de Clubes renovado y de una Liga Global de Naciones. Se estrelló contra la UEFA y las ligas europeas, que vieron la jugada como un ataque directo al valor de la Champions y de la Eurocopa. Lo que ahora se propone es la versión refinada de aquel fracaso, con una participación minoritaria en vez de casi la mitad y una estructura de carve-out que blinda la gobernanza deportiva en Zúrich.
Ahí está el coste que nadie subraya en el folleto de venta. Ceder el 20% de la filial significa entregar a perpetuidad una quinta parte de todos los dividendos comerciales de la Copa Mundial y sus derivados.
La liquidez de hoy se paga con una hipoteca sin fecha de vencimiento sobre los ingresos de mañana. Y luego está el choque de relojes. Los fondos de private equity trabajan con mandatos que exigen tasas internas de retorno altas en plazos de cinco a siete años, con una estrategia de salida clara. La FIFA es una institución centenaria con vocación de eternidad. Esa divergencia de horizontes empuja a exprimir el producto a corto plazo, con empaquetado agresivo de derechos, sobreexplotación de la marca y precios de entrada al alza. La ampliación del Mundial a 48 equipos, que dispara el número de partidos, y el Mundial de Clubes de 32 en pleno verano son la manifestación de esa lógica de saturación audiovisual.
El calendario ya reventó por la costura laboral. FIFPro Europe, la PFA británica, las Ligas Europeas y LaLiga llevaron a la FIFA ante los tribunales de comercio de Bruselas y la Comisión Europea, denunciando que la entidad actúa a la vez como regulador del calendario y como organizador beneficiario, un conflicto de interés que dicen vulnera el derecho de la competencia y los artículos 5, 15, 28 y 31 de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. La medicina deportiva añade la factura biológica, con lesiones de ligamentos y fatiga crónica que devalúan el propio espectáculo. Cuanto más partido pones, peor juegan los que lo sostienen.
La objeción más seria, sin embargo, viene de Nyon. La UEFA agrupa 55 federaciones y concentra la mayor parte del valor económico del fútbol de clubes mundial a través de la Champions, la Premier, LaLiga, la Serie A y la Bundesliga. Su cúpula respondió que la gobernanza y los torneos no son activos que se puedan vender en mercados privados sin transparencia. Y tiene un argumento de peso, porque esto es un juego de suma cero. Cada dólar que una multinacional o un fondo mete en la filial de la FIFA es un dólar que no va a las competiciones europeas. Infantino lo sabe, y por eso usa la operación como palanca geopolítica, aliándose con el capital estadounidense y con fondos soberanos del Golfo como el PIF saudí, país sede de 2034, para desplazar el eje de decisión desde Londres y Nyon hacia Nueva York y Riad.
La pregunta ya no es si el Mundial vale una fortuna. Es a quién le pagará dividendos el gol de la final de 2030.




